Extractivismo cultural, la falta de conocer lo nuestro

En la siguiente columna el escritor Víctor Munita plantea una realidad que se vive en el mundo de los fondos públicos locales bajo el concepto de «extractivismo cultural», una realidad descrita por el autor como: «el abuso de gestores o productoras que ven en este territorio una buena fuente de ingresos en donde vienen a Atacama». ¿Qué pasa que productoras, consultoras y empresas externas se quedan con fondos de la zona y efectúan trabajos de pésima calidad?

Por Víctor Munita Fritis

Cómo llegamos a un equilibrio entre la valoración del talento cultural local y los que vienen desde afuera a construir la cultura de un intercambio efectivo.

Extractivismo, está asociado casi siempre al tema minero, pesquero y forestal. En nuestra zona, se habla de extractivismo para apuntar a las empresas que remueven cielo, mar y mucha tierra para obtener el beneficio económico en desmedro de un entorno natural y social. El concepto, está hermanado también, a la idea de la apropiación de tierras, cuerpos y patrimonio cultural de un lugar o del trabajo ajeno en las artes y la cultura.

Por ejemplo, hay empresas que utilizan el nombre de la región, el de una comunidad, de alguna figura histórica, de algún sitio patrimonial con el fin de denominar proyectos que causan daños ambientales y divisiones sociales.

Otra forma de extractivismo cultural y creativo, es aquella que han sufrido diversos creadores locales y organizaciones, viéndose afectadas por el abuso de gestores o productoras que ven en este territorio una buena fuente de ingresos en donde vienen a Atacama, pensando que somos unos ignorantes de los procesos culturales, creativos, de producción y gestión. Muchas veces estos proyectos terminan siendo un fracaso, con un transcurso de baja calidad y sin mayor impacto en cuanto a beneficios sociales, para los creadores, la cultura en general y el mejoramiento intelectual de los artistas. Ha sido el caso de ferias, seminarios, encuentros, películas, estudios a pueblos originarios, libros y capacitaciones que bordean la ordinariez como proceso y producto, a todas luces estafas culturales.

Si muchos evaluadores de proyectos tanto de instituciones públicas y privadas valoraran la trayectoria de los creadores locales, la experiencia de las productoras regionales, las capacidades del recurso humano y se ocuparan por conocer a quienes trabajan por mejorar su calidad como artistas, esta zona brillaría. Esto no es un chovinismo o un regionalismo recalcitrante, es de cómo llegamos a un equilibrio entre la valoración del talento cultural local y los que vienen desde afuera a construir la cultura de un intercambio efectivo. Debemos aprender a reconocer los actos perjudiciales de apropiación y eso se hace conversando con los y las artistas y estos compartiendo sus formas de crear, desarrollando un pensamiento crítico regional.

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