Literatura: «Señales del Camino»

Retomamos una antigua sección de Tierra Culta y volvemos a publicar textos literarios. En este caso un cruce donde lo que prima son las reflexiones y el sentido de las cosas.

Por David Ortiz Zepeda / Instagram: @Antónimo Crisógono 

Siendo niño me robé un cono en la carretera en medio de un viaje con ayuda de unos familiares. Eso en tiempos donde se construía la doble vía de La Serena a Santiago. También robé un par de señaléticas en las calles, eran de esas que solo ponen en lugares donde hay “hombres trabajando”. Me gustaba revisar los manuales de la Ley de Tránsito para ver esos dibujos tan definidos y determinantes que me cautivaban. En esa época miraba por la ventana del jeep que tenía mi familia, y desde ahí ver cómo una luz roja detiene autos, otra verde les hace avanzar, me resultaba un hecho casi mágico. Observar cómo un banderillero moviendo una sola paletita de colores tenía la capacidad de armar una gran fila de vehículos detenidos en la carretera, me resultaba el acto de alguien con un poder sobrenatural.

En ese tiempo mi papá trabajaba de chofer de ambulancias en una mina en la cordillera de Copiapó. Gracias a eso recibía un montón de colaciones en extremo abundantes, las que llevaba a casa cada vez que bajaba del turno a la ciudad. Yo lo esperaba las noches de los miércoles, cuando aparecía con su ropa llena de logos reflectantes. Signos que indicaban muchas cosas: la minera donde trabajaba, el rol que cumplía, barras para notarse en la noche con el brillo de las camionetas. En la práctica estaba vestido de señal de tránsito.

En una ocasión mi papá llegó con algo que no eran colaciones. Dejó un sobre con un papelito pegado con scotch que no vi hasta el otro día. En el papelito había una flecha, que apuntaba hacia la apertura del sobre. Lo abrí y saqué lo que había en su interior. Eran decenas y decenas de señaléticas en autoadhesivos. Íconos de cosas terribles: usar mascarillas por gases tóxicos, usar guantes de seguridad, áreas de proyectiles, zona de residuos, peligros de caídas, atropellos, derrumbes, electrocuciones. Las señaléticas ya no advertían de reducir la velocidad por un lomo de toro o la posibilidad de virar en “U”. Estas señaléticas denotaban un ambiente peligroso, donde la muerte andaba manejando una camioneta roja por las calles de la faena, decidiendo a quien llevarse por sorpresa. Al ver los terribles peligros de la minería pensé en el trabajo de mi padre como chofer de ambulancia. Seguramente debía llevar gente en condiciones de horror. Personas sin manos, sin ojos, electrocutadas, medio muertas. Era tan grave la situación que los chilenos tenían que asociarse para asegurarse en una Asociación Chilena de Seguridad, algo que tenía que ver con urgencias tan graves que no les dio ni tiempo de buscarse una mejor sigla, sino que pusieron simplemente: “ACHs”, algo que suena a estornudo o a la onomatopeya de fracturarse la nariz.

Pegué esas láminas en mi pieza. Por la noche las veía y tenía reflexiones como las que describí recién. Noche tras noche, vela tras vela.

El tiempo pasó, crecí y mi gusto por el tráfico vehicular no decayó. Incluso al momento de postular a las universidades para estudiar alguna cosa, consideré en el proceso de admisión la posibilidad de entrar a Ingeniería en Tránsito. Si bien era la opción 10 entre 10, me parece altamente significativo haberla clickeado en el formulario.

Tal vez de diseñador podría haber trabajado como funcionario público en la Dirección de Vialidad; y es que bueno, los signos del tránsito, su iconografía…tienen una elegancia e incluso una belleza:

  • “Peligro a 100 metros”, la exactitud de la metrología ante algo tenebroso.
  • “Ceda el paso”, como si fuera un hermoso baile, donde el paso no marca, si no que omite en pos de otro paso.
  • “Cruce de Trenes”, poesía futurista de máquinas majestuosas entrelazándose.
  • “Fauna Nativa”, con un lindo ciervo norteamericano, como la gente que habla inglés nativo.
  • “Pare” que nos ha regalado un meme en la vida real: “wena com-Pare”.
  • Hay uno que no sé cómo se llama pero que parece una sonrisa.

Es entretenido delimitar lo que se puede o no hacer en las calles sólo con una paleta de metal que tiene un dibujo. Deberían haber señaléticas así:

  • “Prohibido deprimir a su entorno”
  • “Prohibido burocratizar la creatividad”
  • “Prohibido tener concentración de capital”
  • “Permitido criticar”
  • “Permitido caerse para arriba”
  • “Permitido tapar el dedo con un sol”

Claro que los íconos siempre pueden caer, siempre hay iconoclastas que buscarán destruirles. Es que el signo tiene mucho poder, y el poder no es estático, se puede mover y de ahí que el signo cambie también según quién lo utiliza y cómo. Entonces un signo que está muy ahí, significando, puede desmoronarse y significar otra cosa; muy nada que ver con lo original. De ahí que no dé lo mismo que se queme una cruz, o que la cruz te queme, o que te quemes en la cruz. El signo es poder y las personas ocupadas de la semiología, que tratan estudiar y trabajar con los códigos, signos y símbolos suelen ser personas bastante aisladas de este mundo, ya que trabajan con algo poderoso. Habitan por lo general en otro Universo, uno conocido como Universidad que es donde están en modo operativo. Esto último me lleva a otro punto: siguiendo con mi relato autobiográfico, recuerdo que ya de grande, al irme a la Universidad a estudiar periodismo y no Ingeniería en Tránsito, era común ver a algunas personas imbuidas de este espíritu iconoclasta, quienes convertidos en verdaderos semiólogos decidían tomar las señaléticas, digamos un disco pare, arrancarlo de cuajo y no solo resignificarlo conceptualmente sino también materialmente. Eran a la vez semiólogos y artesanos, que convertían la paletita puesta por el municipio en la vereda, ya no en una señal de tránsito, sino en un objeto contundente que volaba por el cielo hasta caer en un carro blindado de la policía. Generalmente esos carros policiales eran vehículos que tiraban agua o gas pimienta, o bien se llevaban a personas. Estos automóviles no respetan las leyes del tránsito. Pese a que por todos lados diga “no virar en U”, lo hacen, aunque diga “Pare”, siguen y aunque haya un “ceda el paso”, definitivamente no ceden nada. Yo creo que dan una pésima señal.

Me pregunto si de haber estudiado ingeniería en tránsito hubiera hecho esa lectura que les describo. Seguramente no, y hubiera mantenido la distancia.

Bueno, para ir terminando los trabajos en la vía les cuento: hoy mi atracción por estas bellas señales de tránsito siguen, aunque no tengo licencia de conducir, ni sé manejar automóviles, creo que puedo manejar el código que expresan, aunque siempre choque con algo.

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