La Resistencia por el agua en el Valle de Copiapó III

Anteriormente te presentamos dos crónicas que detallan la lucha que ha habido en Copiapó por el agua. Algo que lejos de ser un tema de las últimas décadas, queda claro que ha sido una disputa central en el habitar de este valle de Atacama. A continuación te compartimos la última entrega que nos detalla un gran levantamiento de resistencia a principios del siglo XIX para recuperar el agua. 

Lee también la primera entrega de estas crónicas

Y aquí la segunda entrega de esta serie 

Por Víctor Munita Fritis / Colaboración Miguel Cáceres 

Los dos primeros años del siglo XIX:

El 9 de noviembre de 1801 como a las ocho de la mañana, se aglomeraron, a pie y a caballo, en las puertas de la casa capitular. Encabezados por el cacique Pablo Taquía (emparentado con Magdalena Sasmai) y el mandón Luis Normilla y con aceleradas voces y gritos, reclamaron por el agua para que esta bajara hacia Potrero Grande amenazando con prender fuego a todas las haciendas del valle.

Se formó entonces, una gran algarabía: unos tocaban a rebato la campana del Cabildo, otros gritaban en lo alto dela torre. Mientras tanto en el espacio frente al lugar y un sin número levantaban las palas, los azadones y los garrotes de que estaban provistos; algunos indígenas a caballo fueron a casa del escribano de apellido Gárate y lo llevaron hasta la plaza; y de allí lo obligaron a ir, acompañado de 30 hombres, en busca del subdelegado Fraga y de los cabildantes.

Como estos tardaron en presentarse, el tumulto se movió entonces hacia la casa del subdelegado, y a pesar de hallarse enfermo, lo hicieron salir trayéndose también, a los municipales, al cura Carmona y al presidente del hospicio de la Merced.

La gritería y la confusión era espeluznante; el subdelegado, un tanto aturdido y desorientado, logró ser escuchado y preguntó por el motivo de tumulto y la aparente rebelión.

Pedían a gritos que el agua corriera libre, amenazando con quemar las chacras. Sus gritos demostraban la desgracia y la calamidad de perder sus cultivos, animales y tradiciones sin el vital elemento, su cosmovisión.

El subdelegado los invitó a ser buenos vasallos del Rey, estar sujetos y subordinados a la justicia.

Los señores capitulares empezaron a tratar sobre la cuestión del agua, se llamó a consulta al ex comisionado el Sr. Mantrana y emitieron diversas opiniones, siendo una de ellas la de prohibir las sementeras de Potrero Grande, a lo cual se opusieron algunos en una acalorada y prolongada discusión.

En el momento, se acordó enviar al delegado don José de Urrutia para que hiciera bajar el agua detenida en las haciendas de arriba, lográndose así apaciguar los ánimos y hacer dispersar el tumulto que no paraba de manifestarse.

La violencia en la actitud de los propietarios de Potrero Grande de temer este “desastre irremediable”, como era nombrada la revuelta de la gente que ya no solo eran las comunidades indígenas, si no más bien de distintas partes del valle quienes no toleraban más la actitud del delegado  De La Torre y sus peones a los cuales la gente los sindicaba como delincuente y padrastros de la patria. [1]

Dibujo basado en la vestimenta de los mineros del siglo XIX en Atacama.

Los soldados del gobierno llegan al valle para ajusticiar:

La noticia puso en alerta al gobierno en Santiago y sobre todo a la Real Audiencia, la cual el 11 de febrero de 1802, despachó inmediatamente a este valle al licenciado don Juan de Dios Gacitúa, con plenas facultades para destrabar los problemas de la distribución de aguas y también para castigar a los causantes del motín del 9 de noviembre.

Gacitúa llegó acompañado de un piquete de soldados llamados, los dragones dela reina, y desde el principio dio inicio a su cometido, dictando diversas disposiciones sobre elasunto de aguas y en seguida, desarrolló un plan de regadío, por bandos y sectores.

Pero este comisionado tuvo la misma suerte que los demás funcionarios que antes habían tomado los asuntos de agua, pues sus mandatos en un principio eran respetados y al poco tiempo completamente burlados.

Los naturales del Valle de Copiapó, tomaban las aguas porque era su naturaleza, la conexión con la tierra. Por otro lado los españoles tomaban lo suyo  porque era lo que por ley habían adquirido y lo que tenía precio.

Al indígena que era sorprendido robando se le cobraba una multa altísima en dinero o especies y su reincidencia era pagada con cárcel.

Se intentó llevar preso a los líderes de las revueltas, pero las comunidades estaban muy bien hermandas, lo que impidió que esto ocurriera.

Agradecimientos a :

Miguel Cáceres  Munizaga por la entrega de documentos, revisiones y datos.

[1]Inmaculada Simón Ruiz y Raúl Sánchez Andaur (2018), “Violencia, transgresión y bienes comunes en Copiapó (siglos XVII y XVIII)”, Iztapalapa. Revista de Ciencias Sociales y Humanidades , núm. 85, año 39,

julio-diciembre de 2018, ISSN: 2007-9176; pp. 11-32. Disponible en <http:// revistaiztapalapa.izt.uam.mx/index.php/izt/issue/archive>.

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