El efecto de los satélites SpaceX: la contaminación lumínica en el espacio

El domingo pasado se vio un tren de luces en el cielo en Copiapó  y automáticamente se despertó el imaginario «ovni».  Muy lejos de haber sido obra de una supuesta inteligencia extraterrestre, sin evidencias, la realidad de ese tren de luces era totalmente humana y comercial: la empresa SpaceX. Un grupo de satélites pequeños se envió al espacio para mejorar las telecomunicaciones. «La ventana que siempre estuvo abierta a cualquier par de ojos que se levantaran hacia el cielo nocturno, podría terminar cubierta por una red de luces brillante, que nos impedirán ver más allá», nos plantea la científica asentada en Atacama, Katherine Vieira, quien nos invita reflexionar sobre los cuestionamientos éticos y prácticos de estos satélites. 

Por Katherine Vieira, doctora en Astronomía Universidad de Atacama / Título original: Avistamiento de puntos brillantes en el cielo nocturno de Copiapó son satélites artificiales 

Desde el lanzamiento del Sputnik 1 en 1957, los seres humanos hemos poblado la cercanía de nuestro planeta con miles de objetos artificiales, algunos en uso, muchos ya inservibles, con propósitos que van desde la observación del planeta y del hombre mismo (en especial sus actividades naturaleza geopolítica), hasta de servir de enlaces para telecomunicaciones. Este último uso es el más extendido, y hemos casi saturado el llamado anillo geoestacionario, ubicado a unos 36 mil km directamente por encima del ecuador terrestre, porque a esa distancia y por como actúa la gravedad terrestre, los satélites permanecen fijos respecto a los lugares abajo, y pueden servir para enviar o recibir datos de manera constante, que luego son transmitidos por ondas de radio a otros satélites, que finalmente entregan los mismos a otra parte del planeta. Los satélites geostacionarios, aunque muchos, nunca han sido molestos para la observación astronómica, porque no alteran visiblemente las imágenes científicas (aparecen casi siempre como objetos puntuales o de trazo muy corto), y suelen ser de bajo brillo por la distancia a la que se encuentran. 

Representación de un satélite lanzados. Fuente SpaceX.

Desde el año pasado, la compañía SpaceX inició una expansión significativa de sus servicios de internet satelital, y comenzó a lanzar muchos de éstos para brindar dichos servicios a todas partes. Estos satélites son del tamaño de una mesa típica de casa y no pesan más de 300 kg, lo que facilita que sean lanzados en grupo, con un solo cohete. Al ser lanzados al espacio, podemos verlos como una cadena de puntos brillantes que se mueven en fila uno detrás de otro en el cielo nocturno. Esa es una visión que sorprende por lo inusual de su aspecto.

Estas constelaciones de satélites que trabajan juntos, ubicados a alturas de 2000 km o menos, son objetos brillantes que se desplazan rápidamente por el cielo. Se estima que en total, varias decenas de miles de satélites estarán en órbitas bajas, recorriendo el cielo nocturno cada noche. Varios cientos podrían ser visibles en la noche al ojo desnudo. Un número no despreciable de estos finalmente interrumpirán – y de hecho ya lo han hecho con apenas los primeros satélites en órbita – las observaciones astronómicas de profesionales y aficionados. Estos satélites tienen un uso práctico que a primera vista resulta muy razonable y loable, pero nos impone un dilema nunca antes visto: sus estelas interrumpirán constantemente nuestra visión del universo. La ventana que siempre estuvo abierta a cualquier par de ojos que se levantaran hacia el cielo nocturno, podría terminar cubierta por una red de luces brillante, que nos impedirán ver más allá.

Es una situación compleja, con aspectos económicos, científicos, sociales y científicos, que las agencias científicas encargadas de los grandes observatorios astronómicos, y las grandes empresas privadas involucradas, están apenas empezando a discutir. Sin embargo los lanzamientos no han sido interrumpidos, pese a las protestas de los astrónomos. En cualquier caso, se busca la implementación de una regulación que garantice la coexistencia de las nuevas tecnologías de comunicación con la observación y comprensión del Universo.

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