[Opinión] Ciencia, conocimiento e innovación en regiones: Atacama como oportunidad única

En la semana de la ciencia, la nueva Vicerrectora de Investigación y Postgrado de la Universidad de Atacama, la Dra. María José Gallardo nos presenta su visión respecto del potencial que tiene Atacama para el crecimiento de las ciencias y la tecnología, además de las aportaciones directas que tiene este ámbito para solucionar los problemas de la población y mejorar la calidad de vida. 

Dra. María José Gallardo, Vicerrectora de Investigación y Postgrado de la Universidad de Atacama.

Dra. María José Gallardo Nelson, Vicerrectora de Investigación y Postgrado, Universidad de Atacama 

Quienes se dedican a la producción de conocimiento reconocen que las pseudociencias, los negacionismos, y la anti-ciencia son problemas que pueden comprometer la salud, tanto física como mental de la ciudadanía. Si fuera la misma sociedad civil quien exigiera políticas públicas basadas en evidencia, tal vez la cosa sería distinta. La reciente pandemia lo ejemplifica, pero la idea puede extenderse a diversas áreas, desde la planificación urbana hasta el acceso a la universidad, pasando por una educación sexual integral o la memoria histórica.

Emerge así la divulgación científica (y del conocimiento, en general) que pretende convencer a la ciudadanía del valor que posee la producción de conocimiento. En medio de posverdades, quienes comunican conocimiento en redes sociales se enfrentan a desinformación que origina baja credibilidad, entienden que más likes y vistas no se traducen necesariamente en entendimiento, sino más bien en convencimiento.

¿Es realmente necesario que la sociedad civil pueda apropiarse del conocimiento producido, más allá de ser espectadora? “El conocimiento le pertenece a toda la humanidad” (según Pasteur) es una posible respuesta; éste no es solamente un aforismo, sino que se materializa en ideas como el software-libre o la misma Wikipedia. Por otro lado, es la ciudadanía quien, al menos en el sector público, financia mediante impuestos, la producción de conocimiento y ciertas innovaciones. 

En esta línea, el Presidente de la República en cadena nacional mencionaba la semana pasada que “la ciencia nos ayuda a encontrar soluciones a los problemas que nos aquejan día a día. La contaminación del aire, las listas de espera, los tacos en las ciudades, la burocracia” comentando que el presupuesto para Ciencia y Tecnología 2023 se expandiría en 9,6% con relación a años anteriores (76 mil millones de pesos).

El porcentaje del PIB invertido en Investigación y Desarrollo (I+D) ha permanecido estancado por debajo del 0,4% hace décadas. Si bien estos valores contrastan con un promedio OCDE de 2,4%, es relevante recordar que cualquier incremento estatal será financiado por la sociedad civil, debido a que es ella quien toma el riesgo de pagar por el desarrollo tecnocientífico público al solventar la producción y aplicación de conocimiento: proyectos ANID que financian investigación en universidades nacionales, compañías startup (e incluso grandes multinacionales) fomentadas a través de la Corfo, entre otros mecanismos y fondos concursable como FONDEF, FONIS, y VIU.

Es pertinente entonces debatir si más conocimiento, generado a través de la inyección de más recursosfiscales y/o privados, conducirá a Chile al desarrollo. Independiente de la respuesta, lo cierto es que en nuestro territorio nacional las regiones se encuentran, no solamente en ciencia, tecnología, conocimiento, e innovación, en desventaja en comparación a Santiago; por ejemplo, entre 2008 y 2021 casi dos tercios “de las publicaciones científicas a nivel nacional se generaron en la capital”. Luces de esperanza enciende el Vicerrector de Investigación y Postgrado de la Universidad de la Frontera (Región de la Araucanía) recientemente, al sostener que en los últimos años son las universidades regionales-estatales quienes destacan en producción de conocimiento (medida a través de distintos indicadores), al “avanza[r] silenciosamente, generando desde los territorios soluciones para problemas globales”.

En este contexto, la Región de Atacama sabe muy bien que no existe un agujero entre Coquimbo y Antofagasta. La Universidad de Atacama destacó entre 2015 y 2020 por aumentar casi un 500% sus publicaciones científicas indexadas en dos rankings internacionales, e incrementando un 800% en cinco años sus publicaciones de alto impacto. La Universidad de Atacama cuenta además con 13 programas de postgrado; posee el primer programa de doctorado de la región (acreditado por 3 años desde octubre 2021) (revisar resumen ejecutivo VRIP acá). Destaca también en su formación de pregrado en áreas como salud, educación, y metalurgia.

Avanzar a una minería sustentable, a la producción de energías renovables, a una agricultura en condiciones hídricas extremas, y a una correcta administración de recursos pesqueros, son requerimientos territoriales que la Universidad de Atacama adopta a través de su Vicerrectoría de Investigación y Postgrado. Conjuntamente, el programa FIUDA2030 (patrocinado por la Facultad de Ingeniería de la Universidad de Atacama) que tiene “con énfasis en I+D+i+e (Investigación + Desarrollo + innovación + emprendimiento) para el desarrollo de la Región de Atacama”, pretende “generar estrategias de desarrollo en los ámbitos de la minería, la energía y la sustentabilidad”.

Las características especiales de la cordillera atacameña le convierten en un laboratorio natural.

Para que la Universidad de Atacama y la región, puedan catapultar un desarrollo tecnocientífico en que la sociedad civil logre hacer suyo aquel conocimiento producido, es significativo que productores de conocimiento puedan establecer vínculos con la ciudadanía, no solamente a través de una comunicación científica profesional y efectiva, sino que reconociéndose como parte de ella. Es fundamental trabajar hacia una democratización del conocimiento, el humanitario y justo acceso a los productos de la tecnociencia, y empatizar con legítimas preocupaciones sociales y ambientales.

Por lo demás, una I+D+i lejana a planes de desarrollo nacional ha sido la tónica durante décadas en diversos fondos concursables. Superar aquello a través de ideas como la innovación orientada por misión no implica antagonizar la investigación básica; menos la aplicada. Al contrario, implica cuestionar el rol del Estado. En este contexto, la innovación tecnocientífica es un fenómeno multifactorial y complejo, en el que Estado, Industria, y Academia, juegan roles sinérgicos. Las interacciones entre Estado, Industria, y Academia ocurren al vaivén de fenómenos tecno-económicos, y en el actual mundo en que habitamos convergen computadores y dispositivos móviles (tecnologías de información y comunicación que son productos de la revolución tecnológica de los años 70s) con nuevos bienes y servicios provenientes de nano y biotecnologías disruptivas. En el mundo del entrante siglo XXI convergen, por ejemplo, la modificación genética de seres humanos con inteligencias artificial aplicadas a la automatización de supermercados.

Sumado a aquello, el momento actual requiere navegar en medio de la triple crisis. La económica, la climática, y la (post)pandémica. Es oportunidad para apuntar a una producción de conocimiento que no solamente considere afanes individuales en un país con recursos limitados, con problemas de centralismo, y con evidente precarización laboral (50% de ciudadanía empleada que en 2021 –de acuerdo con datos del INE– percibió menos de 500 mil pesos mensuales, y más de dos tercios recibieron menos del ingreso laboral promedio; un poco más de 680 mil pesos), y cimentar caminos hacia la diversificación de la matriz productiva nacional. 

En particular, y como se mencionaba, la Región de Atacama, con la Universidad de Atacama como punta de lanza, representa una oportunidad para que sea la producción de conocimiento regional un anclaje estratégico al país que queremos vivir en las próximas décadas y siglos. Por ejemplo, Chile es líder en observación astronómica (actualmente posee un 40% de ella, la cual será expandible a un 70% en años venideros) debido a que las regiones de Antofagasta, Atacama, y Coquimbo poseen cielos con baja contaminación lumínica; los cuales incluso están protegidos por ley debido a los nocivos efectos económicos y medioambientales del exceso lumínico. 

No solamente el turismo astronómico es una oportunidad para un desarrollo interregional, el norte chileno

La astronomía ha sido una de las ciencias que más se reconocen a nivel internacional desarrolladas en Atacama.

también cuenta con los mejores observatorios astronómicos del planeta: La Silla (dependiente del Observatorio Europeo Austral; ESO), el Observatorio Interamericano del Cerro Tololo, el observatorio Gemini, el observatorio Las Campanas, y el mayor proyecto astronómico mundial ALMA (situado en la Región de Antofagasta). Atacama podría posicionarse a nivel internacional a través del Doctorado en Astronomía y Ciencias Planetarias de la Universidad de Atacama. Otro evento regional con gran proyección internacional es la construcción y puesta en marcha del laboratorio científico a mayor altura del mundo. A más de 3.600 metros sobre el nivel del mar, cercano al Volcán Ojos del Salado, la Universidad de Atacama pretende realizar investigación en múltiples disciplinas, que van desde el estudio de microorganismos que viven en condiciones extremas hasta la geología volcánica.

En ambos ejemplos, Academia (Universidades), Industria (Minería y Turismo), y Estado (gobiernos regionales y Ministerios) podrían acoplarse entre sí; sin embargo, la ciudadanía –aquel cuarto actor silenciado y relegado a categoría de espectador– podría jugar otro rol. Con el afán de incorporar a la sociedad civil, la triple hélice de la innovación (Estado-Industria-Academia), ha intentado ser renovada. Se han propuesto modelos de cuádruple y quíntuple hélices que incorporan a la ciudadanía y también a la Naturaleza, respectivamente. Interiorizarse en una comunidad con soluciones prediseñadas y consultar sobre ellas es una opción, pero puede ser problemático cuando se trata de tecnologías disruptivas y/o cuando existen autoridades que no están legitimadas. En contraste, existen formas en que profesionales y no-expertos (personas locales, por ejemplo, que van a ser usuarios de nuevos artefactos/tecnologías tecnológicas y/o directamente afectados por ellas), interactúen para desarrollar en conjunto diseños y soluciones tecnológicas como también sus regulaciones.

Evaluar si en el desarrollo de la ciencia y la tecnología, financiada a través de concursos públicos, aquel tipo de participación ciudadana es o no virtuosa. Esta evaluación debe realizarse a través de análisis sistemáticos y de forma empírica. Una sensata innovación y producción de conocimiento con participación territorial requeriría que profesionales superen su rol de expertos para transformarse también en facilitadores. De este modo, la investigación multidisciplinaria y transdisciplinaria se torna crucial. Quedan menos de 8 años para cerrar la tercera década del siglo XXI, y es una oportunidad única para que la Región de Atacama y otras regiones chilenas, sean ejemplos de cómo superar el centralismo y evaluar si la ciudadanía desea y/o debe ser un actor activo en aquello.

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